Obsesión fatal

Con todas sus fuerzas se concentró para no dejar sus párpados caer. Llevaba días sin dormir y el cansancio quebró su ambición y no tuvo más que decidir entre sufrir o perder la oportunidad de verla otra vez.
Todo ocurrió un día, una sonrisa en el elevador, un viaje coincidente y darse cuenta que detrás del vidrio de unos lentes se escondía la mujer más hermosa que jamás había visto. Nada sabía de ella, ni él ni los vecinos del viejo edificio en el que vivía.
No sabía si vivía sola, si estaba casada, divorciada, si trabajaba o si alguien la visitaba, de donde era. Y así el tiempo pasó y los deseos se convirtieron en ganas, y las ganas en obsesión. Un día desesperado por aprovechar cada movimiento de esa mujer decidió no dormir más y ver. Ver todo lo que pudiese. Ver cada movimiento, cada segundo, sólo ver para al fin un día animarse a decirle que estaba locamente enamorado.
Todo fue demasiado extravagante. Jamás le había hablado, sólo una sonrisa al bajar del primer piso a la planta baja. Eso bastó, fue suficiente para despertar una locura que nadie podría entender. La chica que pasaba frente a él oculta detrás del cristal de sus lentes le hacía palpitar con frenesí la sangre en sus tímidas venas sin permitirle a sus labios hablar. Su imaginación se encargó del resto porque más de eso nada pudo ver.
Carcomido por sus ansias, un día sin más, cerró las puertas, apagó los teléfonos, desconectó el televisor y su vida se redujo a un sillón, una ventana y sus dedos como roldanas sosteniendo sus párpados tanto como sus lágrimas se lo permitían. Fueron tres días interminables, tres días con sus noches y la vista fija en su ventana. La vio ir y venir, la vio desnuda, vestida, la vio bailar, la vio arrodillarse y rezar, la vio sonreír. Descubrió su mundo, se regaló de ella lo mejor, la esperanza le crecía, sus sueños y sus ganas así como sus ilusiones crecieron hasta el infinito.
Leopoldo era feliz, se divertía. Soñó que con un beso le entregaba toda la felicidad del mundo y que ella lo sacaba de la atmósfera de penumbras en que se movía esperanzado y en silencio porque quería escuchar su voz, la anhelaba tanto que estaba dispuesto a someterse a sus caprichos con tal de tenerla a su lado permitiéndole que invadiera su imaginación y perderse de vez en cuando en sus sueños. No le pediría milagros ni que cumpliera sus sueños, no se sentía capaz de cortarle sus alas, simplemente haría lo correcto, inventaría motivos para tenerla contenta y retenerla hasta que su luz se extinguiera.
<> —se dijo—. <> —y continuó. <>
Su vehemencia se convertía en locura cuando idealizaba que ella había decidido seguirle los pasos y que se interesaba en él aún sin conocerlo; soñaba que ella quería estar cerca de él, lo peor es que no sabía si era por ella, por amor o por las ganas locas de saber que no solo vivía para él mismo.
Con todas sus fuerzas se concentró en no dejar sus párpados caer. Llevaba días sin dormir pero… el cansancio, el hambre y la sed quebraron su ambición… Entonces, con dificultad, tembloroso y esforzándose se levantó de su sillón, fue hasta el baño y sin dudarlo tomo la Gillette y… se cortó los parpados.
​Cuando lo encontraron, a un lado de él, estaba escrito en un papel manchado de sangre que decía: “No dejo deudas, aunque sé que mis familiares, amigos y conocidos sentirán que les quedé debiendo las gracias por haberse cruzado en mi camino.
Muero feliz porque ella me aceptó”

Ansberto Rangel Pérez.

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