Los señoritingos

“Si para proteger la reputación de los políticos contra críticas infundadas, prohibimos todo tipo de críticas, eliminamos un fuerte incentivo para que éstos se muestren responsables en la gestión”. Benjamín Temkin y Rodrigo Salazar.

A los señoritingos de nuestros políticos no les gusta que los critiquen. Tienen la piel muy delgada, aún siendo figuras públicas sujetos al escrutinio, quieren flores sin espinas. Y así se hermanan Mario Di Costanzo, Javier Duarte, David Sánchez Guevara, Humberto Moreira y muchos más. Denuncian campañas sucias, recriminan la existencia de campañas negras, acusan complots en redes sociales. Le tienen pánico a que los exhiban, a que los evidencien.

Hay 2 formas en que los políticos pueden proteger su reputación: La más lógica es que su actuar se apegue en cualquier momento a la ley, la ética y el bien común. La otra es hacerse una ley a modo para evitar cualquier tipo de cuestionamiento a su conducta, y elevarla a nivel constitucional. Nuestros políticos, no sorprende, escogieron la segunda.

A partir de la reforma del 2007 el artículo 41 de la Constitución se añade en el apartado C de la fracción III:

“En la propaganda política o electoral que difundan los partidos deberán abstenerse de expresiones que denigren a las instituciones y a los propios partidos, o que calumnien a las personas”

Para cerrar la pinza en el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales:

El artículo 350 establece que los concesionarios o permisionarios de radio y televisión cometen una infracción al Código mediante “la manipulación o superposición de la propaganda electoral o los programas de los partidos políticos con el fin de alterar o distorsionar su sentido original o denigrar a las instituciones, a los propios partidos, o para calumniar a los candidatos”.

A esto se añade que los particulares (como personas físicas o morales), de acuerdo con el artículo 41 reformado, tienen prohibida la contratación de propaganda en radio y televisión dirigida a influir en las preferencias electorales de los ciudadanos, así como la transmisión en territorio nacional de este tipo de mensajes contratados en el extranjero.

Así a nuestros partidos políticos y a los políticos se le conceden por ley derechos que el resto de los ciudadanos no tenemos. Una cosa es la calumnia, pero otra muy diferente es cuando se incluye la palabra “denigrar”. Ya que el denigrar no implica falsedades. Si una persona tiene en su historia haber recibido sobornos, ni los ciudadanos, ni sus contrincantes pudiesen sacarlo a cuento, porque obviamente lo denigra. El resto de nosotros, por irónico que parezca, que nos somos figuras públicas, si estamos expuestos a que nos saquen el esqueleto del closet. Ellos no, son políticos y se han puesto a salvo de su propia actuación. El colmo.

Entre proteger la reputación de los políticos y limitar la libertad de expresión del resto de los ciudadanos, se escogió su reputación. Que tragedia. Con pretexto de lo sucedido en las campañas del 2006, cercenaron la libertad de expresión con pretexto de “elevar” el debate, que ridiculez. Asumen que bombardearnos con una serie de “propuestas” con promesas imposibles de cumplir es tener un debate de altura. 40 millones de spots nos esperan en 150 días de campaña en el 2012. A eso le llaman ellos elevar el debate. Terrible.

No, yo no quiero 6000 “propuestas” de campaña estilo Eruviel, prefiero ver el contraste de ideas, la crítica de las propuestas, la confrontación con la realidad, la posibilidad incluso de ridiculizarlos, si presentan propuestas ridículas. La democracia no implica que no haya dicenso, ni mucho menos que desaparezcan los conflictos, de lo que se trata es precisamente dirimir esos conflictos pero de manera civilizada. Solo en los regímenes autoritarios no hay críticas ni desacuerdos.

En los hechos se nos trata, para variar, como una ciudadanía infantil, incapaz de reconocer falsedades y exageraciones, no se nos reconoce la madurez para procesarlo. Necesitamos que un grupo de notables lo prohíba o en su caso lo sancione. Nosotros, dicen los políticos, no tenemos capacidad de hacerlo.

Los señoritingos tienen secuestrada la política. Son los mismos. Enamorados de su imagen, sus trajes, sus discursos, sus vinos. Sostienen un romance con el espejo, que no quieren ver interrumpido con la “distorsión” que implica la realidad. Prefieren seguir contemplándose a si mismos antes que voltear a ver el mundo. Y para asegurarse que así sea, nos excluyeron.

Pero aún tenemos las redes sociales, y créanme, no es poca cosa. Por eso su tentación de regularlas también.

Publicado por: Lulyann Morales
Twitter: @lulyann

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